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Chirbes y la estrategia del boomerang

Publicado el 19/08/2025

El pasado 15 de agosto se cumplió el décimo aniversario del fallecimiento del escritor Rafael Chirbes. No sé si los medios se han hecho suficientemente eco de esta circunstancia, aunque sí que he leído, gracias a Bassmatti, un artículo recordatorio de Eduardo Bravo en Vanity Fair.

Poco después de esta fecha, me apareció entre los audios guardados en mi teléfono una charla de Chirbes. Fue una intervención en febrero de 2009 en un ciclo sobre su obra organizada por la Fundación Juan March. Se titula La estrategia del boomerang.

Como da gusto escucharle, y no he visto en ningún sitio reflejado el texto por escrito, a continuación voy a transcribir algo más de quince minutos de dicha conferencia (a partir de los 23 minutos 30 segundos, más o menos).

Téngase en cuenta que Rafael Chirbes cierra el texto con la referencia a Crematorio, su última novela entonces. Después vinieron En la orilla (2013) y la póstuma París-Austerlitz (2016).

Rafael Chirbes eta Hasier Etxeberria
Rafael Chirbes con Hasier Etxeberria. Noviembre de 2013. Foto propia

La estrategia del boomerang

(…) Por eso los grandes maestros de la narrativa no vienen solo de los que mejor dominaron el oficio. A veces, hay que buscarlos fuera del género. Puedo decir que mis novelas deben tanto a Marx o a Lucrecio como a Balzac y a Proust.

Haber leído a Marx seguramente me ha impedido una literatura autofágica. De modo que en ese cruce de lo público con lo privado que es la literatura, al indagar en mi propio malestar, me he visto obligado, una y otra vez, a mirar alrededor y también a echar la vista atrás para entender el cruce de tensiones que componen mi yo y su conflictiva relación con el entorno.

Ya sé que en mis primeras novelas muchos lectores creyeron que yo quería hacer una crónica del franquismo, más bien arqueología, pero no era ni ha sido nunca así.

He vuelto atrás en mis libros por eso que me gusta llamar estrategia del boomerang, saltar atrás como experiencia que permite devolver al lector al ajetreo presente. Galdós fue un maestro en esa estrategia.

A algunos críticos que me dicen que he trazado una biografía literaria de mi generación, puedo asegurarles que ha sido sin premeditarlo. Cada novela ha surgido como reacción ante lo que no compartía o entendía.

Al escribir La buena letra, esa voz de mujer que le devuelve el pasado al hijo que quiere convertir la incómoda casa familiar en un solar, me gustaba bromear diciendo que era una novela contra el Decreto Boyer de Alquileres. Lo que quería decir era que había surgido como reacción a la España que a fines de los 80 enterraba precipitadamente sus señas de identidad, la España de la Expo y de las Olimpiadas, y en la que se imponía un pragmatismo caracterizado con aquella frase de corte post-maoísta que pronunció Felipe González: «Gato blanco o gato negro, qué más da, lo importante es que cace ratones». Creo recordar que la frase era de Den Xiaoping.

Yo vivía por entonces en un pequeño pueblo de Extremadura donde la pervivencia de las viejas costumbres en la vida cotidiana e, incluso, la propia arquitectura de la casa en que residía me traían muchas noches, cuando me acostaba, recuerdos de infancia. Oía corretear las ratas por el tejado, olía a madera, a cañas, a campo recién humedecido por una tormenta, a leña quemada, y veía a mis padres, a mi abuela, a mis vecinos. Todos ellos habían muerto ya.

Y en aquellas noches me daba por pensar que, de cuanto habían sido, no iba a quedar nada. Nada de sus esfuerzos, de su callado heroísmo, de su casi imposible empeño por mantener la dignidad en los años difíciles de la posguerra, la represión política y el hambre. El país había emprendido otros rumbos y era como si lo que yo había vivido en mi primera infancia, y me había ayudado a ser quien era, no hubiese existido nunca. Me dolía pensar que el tremendo aporte de sufrimiento de aquella gente había resultado inútil.

Los arribistas de ambos bandos habían tomado el poder de la nueva España y escribían la historia a su medida. Los recién llegados, muchos de los cuales se apresuraban a enriquecerse, no tenían la difusa sensación de culpa que marcaba la vieja capa dominante engordada a la sombra de la dictadura. Exhibían brillantez, inteligencia, inconsciencia, ni siquiera parecían darse cuenta del lugar que ocupaban, de que tenían entre sus manos los mecanismos del poder y una inocencia altiva. A su manera, reproducían comportamientos que tenían que ver con los que mantuvieron quienes llegaron al poder al final de la Guerra Civil y, retrocediendo casi dos siglos en la historia de España, también con los liberales del siglo XIX a quienes Azaña, en su magnífica conferencia de 1930 titulada Tres generaciones del Ateneo, acusaba de haberse enriquecido con la desamortización al mismo tiempo que abdicaban de los principios que les habían llevado a acometerla.

«Bajo la férula del moderantismo, lo más granado de la sociedad española se aplica a vendimiar el poder, haciendo bueno el apóstrofe de Javier de Burgos: «¡Hay mucha gloria que conquistar; mucho dinero que ganar!»

Decía Azaña de aquella generación que primero cargó de esperanza a la sociedad española y, a continuación, frustró la llegada de los valores de progreso y de la moralización política. Larra y luego Galdós recogerían la amargura de esa atmósfera.

Al leer las palabras de Javier de Burgos, el que fuera ministro de Hacienda de Isabel II (Mucha gloria que conquistar, mucho dinero que ganar), me parece oír las palabras del ministro socialista de Economía Carlos Solchaga cuando a mediados de los 80 del siglo XX decía que España era el país de Europa en el que se podía ganar más dinero en menos tiempo.

Los viejos revolucionarios se habían convertido en jugadores de bolsa. Ni siquiera se permitían ver que la segunda Restauración, como la anterior vez en que el poder había cambiado de manos 40 años antes, abría dolorosas brechas, heridas entre viejos amigos, familiares y excamaradas. En aquel ajetreo de gente que ascendía como humo y otra que se quedaba en la cuneta.

Las credenciales de antifranquismo, auténticas o falsificadas, se habían convertido en calderilla. Servían para aspirar con más derecho, ocupar ciertos despachos o para pujar con ventajas sobre ciertas contratas.

Me pareció que esa duplicidad y esas renuncias habían impregnado y maleado todo el cuerpo social. Habían impuesto una demoledora ligereza moral que, lógicamente, se transmitía a todos los aspectos de la vida, incluidas las artes y, por supuesto, la literatura. Valores convertidos en indiscutibles porque habían recibido un abrumador refrendo electoral. No había legitimidad que oponerles.

Me venía a la cabeza un texto que dos decenios antes, en vida del dictador, y bajo el título Carta de España (o todo era Nochevieja en nuestra literatura al comenzar 1965), escribió Jaime Gil de Biedma y en el que expresaba amargamente:

«Veinticinco años son muchos años. España y los españoles han cambiado. Y aunque forzosamente hubieran cambiado también sin Franco, el hecho es que han cambiado con él. De la España que Franco deje, habrán de partir quienes vengan cuando él acabe, no de ninguna anterior».

Y prosigue Gil de Biedma:

«Lo que está en trance de desaparecer son las condiciones que nos permitieron identificar la opresión, el sentimiento de futilidad y el solitario desamparo en que vivimos la mayoría de escritores españoles con la opresión, la penuria y la desamparada incertidumbre en que vivía la gran masa de nuestros compatriotas. Cada vez resulta más difícil contemplar en la propia frustración un símbolo de la frustración del país».

Esa dificultad para contemplar la propia frustración como símbolo de la del país era lo que yo sentía. Tanto más cuanto que en la nueva atmósfera de las ideas la mayoría de los escritores participaban de la euforia tan pragmáticamente jaleada por las palabras del ministro Solchaga.

Carmen Martín Gaite expresaba en sus Cuadernos de todo lo que yo mismo he sentido por aquellas fechas:

«Todos los desarraigados que me influyeron en épocas distintas se arraigan. Dejaron su inquietud en mí y ellos se dedicaron a lo más cómodo».

El escritor Haro Ibars calificó a esa generación, la suya y la mía, como la generación bífida y la definió así:

«Por primera vez en la historia reciente de España, el yonqui y el ministro del Interior han compartido pupitre en la escuela».

Lo de más arriba y lo de más abajo se había cocido en una misma olla. Pero ese fenómeno que tan evidente nos parecía a algunos no formaba parte de la narración de aquel tiempo. De nuevo, como a La carta robada de Poe, lo más evidente, lo que estaba a la vista, se volvía invisible. Ni se enunciaba ni existía. Tenía la levedad de un hectoplasma, de un fantasma, cuando a mí me parecía que formaba la médula misma de las contradicciones de la nueva sociedad en construcción.

Indagar en ese núcleo me parecía indispensable para entender no solo el plazo de los grandes hilos de la historia, sino los más oscuros comportamientos, los valores cívicos, la vida cotidiana, el lenguaje de uso, incluso como ya he dicho la moda y las nuevas tendencias artísticas. Necesitaba sumergirme ahí para salvarme de mi propio desconcierto y hasta para redimir mi propia doblez.

Mientras escribía La buena letra, quería que la novela sirviese como pila voltaica, como depósito de toda la cantidad de energía humana, de sufrimiento acumulado durante cuarenta largos años y que amenazaba con extinguirse. Aspiraba a crear un fondo literario en el que poner a salvo o almacenar parte de aquel dolor de mis padres, recobrar la narración de su esfuerzo como unidad de medida desde la que calibrar la falaz levedad de los nuevos tiempos que nos tocaba vivir. Para todo ello no encontré otro camino que no fuese el de devolver la literatura al entramado de la historia. A mi manera me limitaba a hacer un ejercicio de caligrafía sobre la plantilla que nos regaló Walter Benjamin en sus tantas veces repetidas Tesis sobre filosofía de la historia (pdf).

En La buena letra, una mujer republicana dejaba caer sobre su hijo el peso de viejas traiciones. En Los disparos del cazador busqué otro ángulo de visión: era alguien que podía considerarse como un representante del viejo régimen quien le cedía la herencia de la historia a su hijo, alguien que había participado con una traición en el anterior cambio de manos del poder y al que le dolía haber ganado la inocencia de sus descendientes cargando no sólo con la culpa sino también con el desprecio.

Ninguno de los dos libros surgió como reconstrucción arqueológica, sino como urgencia ética y política, sin olvidar que ética es más bien una palabra de uso engañoso. Hablas de ética y parece que suenan los amables violines, cuando hoy y siempre la palabra lleva una ofensiva carga de desazón y violencia. En ambas novelas, las voces de los viejos actores hacían sonar el lenguaje de sus hijos, los recién llegados al poder, como esos botes vacíos a los que se les dan patadas en la calle. Descubrían el fondo de doblez sobre el que se estaba construyendo esa nueva sociedad, la que 30 años más tarde ha estallado en una gran burbuja de cemento y codicia, oscura propiedad y responsabilidad de nadie.

No se trata de novelas históricas, sino de textos que aceptan que no hay narrativa que no esté cruzada por la historia.

Si digo la verdad, he escrito mis novelas por puro egoísmo, para no ahogarme, para salvarme. Pero en esa búsqueda de mi salvación, me ha guiado el convencimiento de que un escritor siempre representa, aunque lo haga a su pesar. Y que son los artistas que se reclaman al margen de la historia quienes suelen acabar revelándose como síntomas más claros de la dolencia de su tiempo.

Entre ser síntoma y testigo, he intentado el papel de testigo, aunque estoy convencido de que soy síntoma de un montón de cosas que ni imagino. He sometido las coordenadas de mi educación sentimental al juego de espejo de narradores poco fiables para alertarme a mí mismo y al lector acerca de la necesidad de saber moverse entre la seducción de los lenguajes. He fomentado la desconfianza de eso que parece flotar por encima de todas las cosas y que conocemos como cultura.

«La buena letra es el disfraz de las mentiras», dice Ana, la protagonista de La buena letra. Y Carlos Císcar, el personaje de Los disparos del cazador, es un narrador estrepitosamente poco fiable en la dirección del de Ford Madox Ford en El buen soldado, pero que incluso desde su falacia acaba desnudando los valores de la misma clase del mismo modo que lo hará al final de este viaje literario Rubén Bertomeu, el protagonista de Crematorio. Las narraciones se revuelven contra el autor y de paso contra el destinatario del texto, siempre en ese juego de estrategias de ida y vuelta.

1 comentario sobre «Chirbes y la estrategia del boomerang»

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